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La Coctelera

lectorinformado

23 Abril 2006

HISTORIAS PARA CONTAR EN UN MINUTO (Parte Segunda)

Historias para contar en un minuto (Parte Segunda).

EL “KINDERGARTEN”

Federico Froebel, nacido en la provincia alemana de Turingia, pasó una infancia infeliz, brutalmente maltratado por su madrastra. Cierto día, mientras presenciaba la reparación de la iglesia del pueblo, lo atrajeron las ideas y venidas de los obreros, de tal manera que al regresar a su casa intentó, utilizando muebles, imitar el trabajo de los albañiles. Esto le demostró luego que, para educar e instruir a los niños, podía dárseles también como juguetes materiales de construcción u otros que los representen.
A los treinta y dos años empezó a aplicar su teoría a la educación de sus sobrinos, pero el esfuerzo fracasó por la falta de apoyo. Catorce años más tarde se estableció una escuela que siguió ese método, pero las autoridades la clausuraron, y en 1851 fue prohibido en Prusia.
Frobel falleció al año siguiente, antes de que se sueño se hiciera realidad, pero el plan no tardó en dar frutos.
En efecto, en el año 1868 Italia y Estados Unidos de América inauguraron simultáneamente sus kindergartens, o “jardines de infancia”, y desde entonces el plan educativo de Froebel, con ligeras modificaciones, se propagó por todo el mundo.

LA VENGANZA DE MARAT

Antonio Lavoisier, padre de la química moderna, refutó en cierta ocasión las teorías del joven médico Juan Pablo Marat, quien nunca lo perdonó.
Durante la época del Terror, Marat se unió a Robespierre y Danton, e inflamó al pueblo con sus escritos.
Un día, mientras Lavoisier hacía sus experimentos en compañía de su compañero Seguin dados en la puerta. Al abrir, vio a Marat acompañado por soldados revolucionarios. Mientras se leía la orden de arresto, en que se tildaba de aristócrata, Lavoisier se despidió de su esposa y dio sus escritos a Seguin. Al sentenciarlo, el tribunal declaró: “La República no tiene lugar para los sabios”.

LA COMETA DE FRANKLIN

Cuando niño, Benjamín Franklin se mostraba indiferente a los juegos de sus compañeros; sólo le interesaba navegar en el puerto de Boston, manejando su propia vela, y nadar, cosa que hacía muy bien. Hizo ensayos para nadar más y mejor, utilizando paletas sujetas a las manos, pero se cansaba mucho. Las adaptó luego a los pies, pero perjudicaba “la patada”. Entonces se fabricó una cometa y cuando estuvo en alto saltó al agua e hizo la plancha, mientras la cometa lo remolcaba por el lago. Ése fue su primer experimento con este juguete, que luego perfeccionó.

EL MIEDO AL NUMERO 13

El doctor Vernon fundador de la “Revue des deux mondes”, nunca pudo sobreponerse a la superstición sobre el número 13. Cuando econtraba trece personas en su mesa, mandaba a dos de ellas a comer a un restaurante y cargaba con los gastos. Víctor Hugo, que colaboraba en la revista de Vernon, también temía igualmente al número 13.
Hugo invitó una noche a cenar a Vernon. Pasó el tiempo sin que los invitados advirtieran señales de que se iba a servir la cena, y alguien preguntó la causa de la demora. Se explicó que, al no llegar un invitado, quedaban trece comensales, por lo cual habían ido a buscar uno más.
Vernon, alejado de Hugo, preguntó a un invitado el porqué de la demora, y éste le dijo:
--Porque un imbécil tiene miedo de sentarse a la mesa cuando son trece los comensales.
Vernon replicó:
--El imbécil Soy Yo.

EL “IIII” EN LUGAR DEL “IV”.

Carlos V de Francia, llamado el Sabio, siempre quería tener razón y pretendía saber cosas que ignoraba. En 1270, el relojero Henri De Vick fabricó un reloj para el monarca, y cuando le mostró su obra, el rey la axaminó cuidadosamente y vio que el mecanismo era perfecto. Sin embargo, deseoso de encontrar un defecto, como era su costumbre, se quejó de un error en los números de la esfera, diciendo que en lugar de “IV” debía escribirse “IIII”.
--Su Majestad se equivoca –dijole De Vick.
Carlos le replicó:
--Yo no me equivoco nunca; llévate el reloj y tráelo cuando hayas corregido el error.
Humillado, De Vick hizo el cambio, y el rey, satisfecho, aceptó el reloj. Así comenzó la costumbre del “IIII” en los relojes, de acuerdo con esta anécdota reveladora de la vanidad del citado monarca francés.
No obstante, también se dice que el empleo del “IIII” en vez del “IV” se debe al deseo de evitar una posible confusión con el “VI” al mirar los números al revés, como puede ocurrir al consultar el reloj.

Enciclopedia: El Nuevo Tesoro de la Juventud.
Grolier.
Tomo 13, páginas 253 y 254.

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Sobre mí

Les doy la más cordial Bienvenida a todos aquellos que se unan a esta conversación y que su único fin es de discernir sobre diversos asuntos y através de las distintas opiniones para así encontrar la verdad. Estudie Ingeniería en Computación, uso Windows, pero tambien Linux y pocas veces el Mac OS X... cada cual tiene lo suyo... Me gusta leer, esta informado de todo, Historia, Literatura y Poesía, Religiones, Karate (aunque a mi novia no le gusta mucho que ande en eso...), pero desde luego hacer buenos amigos y claro ante todo el Respeto. Trato de ser siempre buena onda. Ernesto C.

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