El siguiente artículo lo publico con el ánimo "no religioso" sino como una lectura provechosa, informativa, cultural y por que no, hasta de reflexión y meditación.
CAPITULO XXIV
EL CRISTIANISMO, DOCTRINA DE SALVACION.
“…Nunca nadie ha hablado como lo hizo Jesucristo. Nunca nadie había barruntado el valor allí en donde todos consideraban el fracaso y la desvalorización humana. Pero, sobre todo, la muerte y la donación de su propia vida por amor al prójimo, es el precio de nuestra salvación...”
El Cristianismo no es propiamente una filosofía. Pero existe toda una cosmovisión cristiana, a partir de la cual se desprende un modo de vida práctico y de nivel moral superior, cuyo estudio es imprescindible en la revisión de los principales pensamientos que versan sobre el problema ético.
La Filosofía nos introduce en el reino de lo abstracto, de las esencias puras, de las definiciones y de las causas supremas. Ahora bien, Jesucristo no hizo definiciones, ni explicó por medio de causas; su lenguaje es metafórico; no es un profesor teórico; sino un Maestro práctico acerca de la vida.
El cristianismo es un sistema conceptual; es una religión (religación del hombre con Dios); es norma de vida. Sin embargo, hay un mensaje escrito (La Biblia), y a partir de allí ha nacido la filosofía cristiana, que trata de comprender el sentido profundo de ese mensaje y esa cosmovisión.
A lo largo de la Biblia, pero sobre todo en los Evangelios y en las Epístolas de San Pablo, encontramos una serie de proposiciones de elevadísimo nivel ontológico y moral. Aun prescindiendo del carácter revelado de las Sagradas Escrituras, un profano tendría que considerar el objeto de tales juicios, y maravillarse de la profundidad humana, altura teológica y armonía ontológica del mensaje contenido en la Biblia.
En este capítulo se intentará dar una síntesis sistemática de ese contenido, que nos llevará en pocas palabras hasta la médula del pensamiento cristiano, el cual, por otra parte, ha sido transportado al lenguaje filosófico propio de Aristóteles, por Tomás de Aquino en el siglo XIII.
Esta síntesis puede ser explicada alrededor de siete ideas capitales, que son: Dios, el hombre, Cristo, la Redención, la Iglesia, el orden sobrenatural y la trascendencia.
1. DIOS. En el cristianismo no sólo se habla de Dios como creador y providente, lo cual es una idea que venía desde la tradición judaica (Antiguo Testamento), sino que se insiste en el carácter de todos los hombres. Dios ya no es tanto la Justicia personificada, sino el Padre amoroso que quiere el bien de todos los hombres, perdona las ofensas y se inclina misericordioso ante las súplicas de sus hijos. El optimismo del cristiano no puede estar mejor fundamentando: “Todo contribuye para el bien de los que aman a Dios”.
“Dios es amor”, dice el Apóstol Juan; es, pues, la fuente de todo el amor y amistad que puede prodigarse en la familia humana.
2. EL HOMBRE. A partir de lo anterior, lo fundamental en el hombre, dentro de su actitud práctica en la vida, consiste en la respuesta libre y meritoria que corresponde al amor de Dios.
El mérito del hombre cosiste en que, teniendo un arma de doble filo, como es su libre albedrío, puede voluntariamente corresponder, o no, a ese primer movimiento de donación amorosa por parte de Dios.
Sus obligaciones emanan de este primer principio: puede tener conciencia del puesto que le corresponde como criatura y receptor de los dones de Dios. Sus talentos no le vienen de él mismo, sino que son regalos de Dios. Luego debe usarlos en correspondencia al que primero amó, como ha de hacerlo paralelamente todo hijo con respecto a su padre.
Pero la obligación que se le impone no es un precepto abstracto, sino una relación con un Dios personal. Se trata de actuar en conformidad con lo que el propio amor de correspondencia vaya dictando. “Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín. El cumplimiento de los mandamientos, o sea el servicio de Dios, es, pues, un acto de fidelidad y de amor.
El pecado no es otra cosa sino apartarse de ese camino que le corresponde al hombre, rechazar el don de Dios, preferir vivencialmente el valor inferior, no amar la voluntad de Dios; en una palabra, retrotraer la intención hasta el bien inmanente sin considerar el Bien propiamente dicho, el Bien trascendente.
3. CRISTO. La voluntad benevolente de Dios queda demostrada en la encarnación de Jesucristo, y de esta manera queda sellada una nueva alianza con el hombre.
A partir de esto, queda claro que todos los hombres están en la posibilidad de participar de una nueva vida y amistad con Dios. Todos los hombres son unificados como hijos de una gran familia. El Buen Pastor busca a sus ovejas y no quiere dejar abandonada una sola.
La vocación general del hombre está ya definida: seguir a Cristo, imitarlo en su vida, sus obras, sus actitudes, y sobre todo, en sus disposiciones internas. La misión del hombre consiste, dentro del cristianismo, en asociarse con Cristo, continuar su obra, y ser portador del mensaje de Cristo, ser alter Christus.
La cosmovisión cristiana va tomando ya sus lineamientos fundamentales: “Todo es para el hombre; el hombres es para Cristo, y Cristo es de Dios”.
4. LA REDENCION. Jesucristo no solamente predica, sino que salva al hombre y lo ayuda en su elevación a Dios.
La acción salvífica de Jesucristo se extiende a todo cuanto en el mundo existe en la sombra. Aquello que era considerado como indigno del hombre, es colocado en su verdadero puesto: la humildad del publicano, en contraposición a la soberbia del fariseo; la dignidad del trabajo manual, en contraposición a las alturas de la sabiduría (sofisticada) de los griegos.
En una palabra: el dolor, la muerte, las penalidades, el fracaso, las contradicciones, las humillaciones, la pobreza, el sacrificio; todo lo humano adquiere el valor que le corresponde como medio para elevar el interior del hombre a los valores trascendentes.
Las bienaventuranzas escandalizaron a muchos; han sido una verdadera transmutación de valores, Algunos ni siquiera las han entendido, como Nietzsche, que no comprende que el amor al miserable es un amor que levanta y redime, no un amor predicado por el inferior para el rebajamiento de los demás.
Caduca la ley del talión; el enemigo también es un hermano y hay que buscar su bien. El perdón es básico en el cristianismo; quien lo practica está revistiéndose de la más alta nobleza, timbre del cristianismo.
Nunca nadie ha hablado como lo hizo Jesucristo. Nunca nadie había barruntado el valor allí en donde todos consideraban el fracaso y la desvalorización humana. Pero, sobre todo, la muerte y la donación de su propia vida por amor al prójimo, es el precio de nuestra salvación.
5. La Iglesia. Pero el hombre tiene que actual en comunidad. El esfuerzo conjunto de la humanidad es el que ha de levantar al hombre, a todos los hombres.
La unificación de todos los seres humanos, la realización organizada de sus ideales, apoyados con la proyección de Cristo en el mundo y a lo largo de todos los tiempos, eso es la Iglesia, en cuyo seno se ha de salvar el género humano.
San Pablo comparó la sociedad humana con el cuerpo de un hombre cuyos órganos tienen función distinta, pero en unitaria organización y armonización. Siempre habrá clases sociales, pero esto no significa que unos han de abusar de los otros, sino que cada función debe ser el complemento de la otra.
La Iglesia es la prolongación de Jesucristo a través de todos los tiempos. Y puede constatarse cómo, de hecho, la labor de ella va cristalizando en conquistas cada vez más valiosas. La abolición de la esclavitud, la dignificación del trabajo manual, el trato justo a los vencidos en la guerra, la fundación de las universidades en la Edad Media, el arte de las catedrales góticas, las copias de los antiguos escritos clásicos conservados en los conventos medievales, la defensa de los proletarios en las encíclicas sociales, etc., hablan claramente acerca de la huella de valores que la Iglesia va dejando a su paso por el tiempo.
6.EL ORDEN SOBRENATURAL. Pero no queda todo aquí. Los límites de lo terreno son muy cortos para las aspiraciones del cristianismo. Desde un principio, Jesucristo ha anunciado una elevación sobrenatural del hombre, es decir, una nueva donación por la cual el hombre estará en condiciones para entablar con Dios una amistad íntima. La gracia santificante, incrementada por las gracias actuales, elevan al hombre a un nivel que no podría alcanzar con las solas fuerzas de su naturaleza.
Pero “la gracias supone la naturaleza”; no la destruye. Por lo tanto, se trata de apreciar todo lo humano, pero dentro de una estructura superior.
Las virtudes sobrenaturales o teologales son: la fe, la esperanza y la caridad. La fe no destruye el papel de la razón (como lo pretendía un Kierkegaard), sino que fe y razón se complementan, y elevan al hombre dentro de su propio nivel.
La esperanza es el correlato sobrenatural del anhelo de felicidad de todo hombre. La caridad no destruye el amor humano, sino que lo fortifica y lo eleva con una nueva motivación y fuente.
En fin el místico cristiano no es la persona que abomina de la humano, sino que es el instrumento fiel dotado de una energía superior que lucha por la elevación de todos los hombres.
7. LA TRASCENDENCIA. Por fin, la culminación del cristianismo: la elevación de miras hasta lo trascendente.
El cristianismo no es un eudemonismo. El valor supremo no es la felicidad del hombre. El mensaje y el ejemplo de Jesucristo hablan claramente. El hombre se realiza superándose, acercándose a Dios, que es el valor supremo.
La intención del acto humano con auténtico valor moral es la del que tiende hasta Dios, hasta el Bien Supremo, no a su propia felicidad. Naturalmente, la felicidad pues ser una consecuencia, no necesaria, del acto humano bueno; pero esto, aunque se tome en cuenta, no es la intención del hombre virtuoso.
El objeto de la moral no es la felicidad, sino el valor Supremo. La felicidad, como intención, repliega al hombre sobre sí mismo, lo hace egoísta; pero el valor lo libera de sí mismo y lo eleva.
Esto se expresa en el lenguaje bíblico así: “Quien pierde su alma por Dios, la ganará.” O mejor: “Si el grano no muere, no dará fruto.” Y en último término: “Sed perfecto, como mi Padre Celestial es perfecto.”
En resumen: Dios crea y da al hombre la oportunidad de conquistar libremente su propio bien. Para esto Dios se encarna en Jesucristo, el cual redime al hombre, iluminando todos los rincones que la misma criatura había oscurecido. A partir de aquí la misión del hombre es actuar, dentro de la sociedad cristiana (Iglesia), hacia el orden sobrenatural que apunta en definitiva a lo trascendente, el valor supremo. El hombre viene de Dios y ha de dirigirse a Dios.
Tomado del libro “ETICA”.
Dr. Raúl Gutiérrez Sáenz.
Editorial Esfinge, S. A.
Páginas: 140-147.
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